Creo fielmente en que nuestro país necesita más personas que le apuesten al cambio y a la unión.

Enviado por valentina.fajardo el Jue, 25/01/2018 - 22:33

Mi nombre es Gabriela Vaca. Soy estudiante de comunicación social y periodismo con enfoque en la transformación social, la resolución de conflictos y la construcción de paz.  Creo fielmente en que nuestro país necesita más personas que le apuesten al cambio y a la unión. Por ello, decidí hacer parte de De Vuelta a la Vida, una fundación que trabaja con niños, niñas y adolescentes de Mosquera para la mejoría de su calidad de vida y su bienestar en general.

Desde mi experiencia como voluntaria he podido involucrarme en procesos en lo que he aprendido de los niños mucho más de lo que les he enseñado. Me gustaría poder relatarles una de las comunidades que más me ha marcado en el trayecto que llevo con la fundación.

Porvenir Rio es una de las veredas que tiene Mosquera, un municipio ubicado en el departamento de Cundinamarca, Colombia. Porvenir, cuenta con una población de 3000 habitantes, entre los cuales, la mayoría, dispone su tiempo para reciclar y así poder obtener algunos recursos económicos ,que debido a diversas problemáticas sociales, no pueden ser recaudados mediante un trabajo estable. Sus residentes, en medio de la marginación a la que han sido sometidos gubernamental y socialmente, cuentan con pocas oportunidades para desarrollar plenamente sus capacidades, por ello, distintas fundaciones despliegan su “arsenal” para impactar ciertos frentes entre los cuales, por supuesto, se encuentra la infancia.

La fundación “La Cruz”, se dedica a brindar herramientas artísticas y educativas para que los niños de Porvenir puedan tener un lugar donde alimentarse, entretenerse,aprender y compartir con otros, mientras sus padres desarrollan sus labores. De vuelta a la Vida, decidió llegar a esta zona y proporcionar algunos talleres mediante los cuales, niños y niñas en la fundación La Cruz pudieran entender un poco más acerca de la cultura y convivencia ciudadana.

Debo admitir que al principio, el trabajo de campo con la comunidad fue difícil, tanto que, el primer día, al llegar a la fundación, más específicamente al salón donde me correspondía asistir el taller liderado por otro de mis compañeros voluntarios; uno de los niños, de 6 años de edad aproximadamente, me impidió la entrada al aula debido a que, como él argumentaba, yo le había caído mal. Recuerdo bien, que no había cruzado más que un saludo con aquel pequeño, sin embargo entendí que probablemente mi presencia no era de su agrado porque de alguna u otra manera podía estar “invadiendo” un espacio que por costumbre ya le pertenecía. Decidí alejarme un poco y en cuanto vi que se retiró de la puerta me dispuse a pasar, el panorama no mejoró cuando entré. Dos niños, de 11 años cada uno, estaban peleando a golpes porque uno le había dicho al otro que era una “rata”. Entre puños cruzados dos voluntarios pudieron controlar la situación y separar a los niños, y fue cuando pudimos dar inicio a la actividad que teníamos prevista.  

El día fue pasando en medio de la observación participante que estaba realizando, de vez en cuando cortaba alguna hoja o ayudaba a algún pequeño a diligenciar las formas que desde la fundación se disponen para saber que tal van los conocimientos del menor antes y después del taller. Varias cosas me llamaron la atención de aquel primer encuentro con los niños de fundación La Cruz, pero en mi memoria tengo recuerdos claros de rostros y nombres que definitivamente han dejado huella y me han hecho enamorarme más de esta labor con las personas.

Al concluir el día y narrar mis experiencias a mis compañeros, muchos me explicaban que los altercados que sucedían con algunos de los niños en el salón donde yo estaba asistiendo al taller, se debía a que varias de las familias a las que pertenecían aquellos menores, son de diferentes pandillas dentro de la vereda. Tal información me tomó por sorpresa y me causó un poco de miedo, pero debo admitir que una de las frases que me motiva siempre a seguir adelante es “Que tus decisiones sean el reflejo de tus esperanzas y no de tus miedos” del gran Nelson Mandela, por esto al día siguiente, muy a las 7 am ya estaba nuevamente en pie dispuesta a ir al taller.

El segundo día fue mucho más sencillo, una vez analizado el terreno, solo queda comenzar a trabajarlo, y esto fue lo que hice. Tuve más contacto con los pequeños y aprendí que, su agresividad no era más que un escudo para esconder sus verdaderos sentimientos. Uno de los niños más difíciles del salón, y a quien no había querido incomodar por su fuerte temperamento, me demostró que su fachada no tiene nada que ver con su corazón. La colaboración que nos brindó para organizar a sus compañeros, y los abrazos afectuosos con los que me daba las gracias cada vez que le ayudaba en algo fueron prueba suficiente para saber que, allí, en Porvenir, hay mucho potencial oculto que merece ser descubierto y proyectado para el bien común.

Hablé con muchos de ellos en los siguientes talleres, una vez gané su confianza, me narraron varias de sus historias de vida. Algunas son tristes, otras son crueles pero la mayoría de ellas tienen un común denominador, la fuerza. Tanto padres como madres, les han enseñado a estos pequeños que la vida no es un baile sencillo, al contrario, requiere de atención, coordinación, entrega y amor para poderse bailar bien. Y, aunque no sean bailarines profesionales pueden ser brillantes cuando quieren.

Hay muchas historias que me gustaría poder contar, porque en realidad, cada uno de los niños que conocí en Porvenir es tan valioso, tan increíble, tan inteligente. Pero no quiero extenderme demasiado. La idea es que, quienes lean esto decidan acercarse a estas comunidades, a pesar de todo lo malo que se habla de ellas. Todos necesitamos aprender de los otros, todos necesitamos enamorarnos de la vida y saber que, cada vez que llueve es porque el sol se ha escondido pero regresará y más fuerte que nunca

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